Por Alejandro A. Tagliavini*

 

Desde hace diez años escribo que con Macri la economía caerá. El principio filosófico es que, siendo el Estado el monopolio de la violencia – y con su fuerza policial impone las “leyes”- es necesariamente destructivo como toda violencia, como sabemos desde los griegos, i.e. Aristóteles.

Y Macri, sistemáticamente, aumentó el tamaño estatal destruyendo al mercado, al sector privado, que no son las empresas que, por el contrario, suelen obtener privilegios de Estado como aduanas contra la competencia extranjera, etc. El mercado son las personas comunes, millones de argentinos.

Con más énfasis seguí anticipando la caída del PBI estos años contradiciendo todos los pronósticos (los del REM del BCRA y los de los multi estatales como el FMI, el BM, etc.) y asegurando que llegaría el momento en que tendrían que aceptar que la economía caería. Y ese momento llegó.

Por caso, según el LatinFocus Consensus Forecast, del 6 de agosto, las consultoras pronosticaban una caída de 1,5% del PBI para 2019, y un rebote de 2,1% para 2020. Hoy, todos cambiaron y auguran una baja de hasta el 3% para 2019 y 2020. Por cierto, cuando asuma el nuevo gobierno habrá que reevaluar la situación.

Ahora, el problema de los yerros de las consultoras no es que se equivoquen, todos nos equivocamos, sino que al augurar crecimiento lo decían sin fundamento y hoy enarbolan una excusa para justificar su yerro en lugar de corregirse, con lo que dejan claro que seguirán errando, a no dudarlo, y entonces, el otro problema es que, en esta Argentina conservadora, la opinión pública los seguirá escuchando y, así, nunca saldrá del decadente circulo vicioso.

Decía que la economía caería porque aumentaba el peso del Estado sobre las personas, aumentaba la absorción de recursos por parte del gobierno a través de altísimas carga impositiva e inflación -exagerada emisión para gastos- y endeudamiento/tasas astronómicas transfiriendo financiación productiva a la bicicleta financiera estatal.

Es imposible detallar todos los errores de estos consultores, pero estudiemos la inflación. Debe haberlos, pero entre los economistas argentinos -los mediáticos- que pude escuchar o leer ninguno tenía una idea clara sobre la inflación, ni entre algunos que dicen seguir a la escuela “austríaca” -en mi opinión, la más acertada- de modo que no puedo referenciarlos.

El primer error generalizado es confundir inflación con variación del IPC. Si bien están fuertemente relacionados, son cosas distintas. Podría ocurrir una variación de precios a partir de una súbita variación en la oferta o demanda de productos y no de un proceso inflacionario.

A partir de este error se han establecido políticas “antiinflacionarias” ridículas. Lo más generalizado es creer que un aumento del dólar -vía passthrough- provoca inflación. Cuando es al revés. El passthrough podría eventualmente provocar un aumento del IPC pero eso no es inflación es un reacomodamiento de precios. El Índice de Precios Internos Mayoristas (IPIM) de julio fue de 0,1% a pesar de que el dólar durante la primera quincena bajó y tuvo leve alza en la segunda y los precios de los productos importados bajaron 1,8%.

De aquí sale otro error: creer que ofreciendo una desorbitada tasa de interés atraerán inversores sacándolos del camino del dólar que bajará y, por ende, la inflación. Pero resulta que, con dólar “controlado”, base monetaria estable y altísimas tasas, no solo que hay inflación, sino que luego el dólar estalló, post paso. Por cierto, el susto por los K podría ser la aguja que pinchó el globo, pero el globo ya estaba inflado.

La inflación, para la escuela “austríaca”, es la emisión -la oferta- de dinero por encima de la demanda, en tiempo real. Porque el dinero no es extraterrestre y, por tanto -aunque a los políticos no les conviene decirlo- cumple la curva de oferta y demanda como todo.

Ahora, como decía L. Von Mises -uno de los más destacados “austríacos”- el aumento de precios de consumo solo se da en la medida en que el nuevo dinero impulsa la demanda de estos bienes, de hecho, la inflación podría tardar un buen tiempo en trasladarse al IPC o no trasladarse al ser contrarrestado por una baja en el consumo. El IPIM subió 53,7% en un año, menos que el 54,4% del IPC mostrando que no hay traslado uniforme de la inflación a precios, por tanto, la suba del IPC no es la inflación.

Como señalaba otro “austríaco”, Murray Rothbard en America’s Great Depression, el daño más grande de la inflación no es el eventual aumento del IPC sino a la estructura de capital. Exagerada la emisión -por sobre la demanda de dinero- la inflación, en tiempo real, ya se instaló. De trasladarse a precios, precisamente, esa suba de precios es el nuevo equilibrio que el mercado encuentra tras la emisión y si, entonces, se absorbe dinero por vía de altas tasas, ocurre que baja exageradamente la demanda de dinero -la inversa de emitir exageradamente- provocando inflación, otra vez. Esto explica que, con base monetaria constante y dólar “calmo”, la inflación no cede.

Para peor, esta contracción de la demanda produce una catarata de efectos negativos en el mercado de capitales porque redirecciona fondos que deberían ir a la producción hacia la “bicicleta financiera”, y porque baja el consumo.

 

*Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California

 

@alextagliavini

 

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