Por Alejandro A. Tagliavini*

                     Como siempre tuve gran admiración por la naturaleza -la verdadera, la que se da naturalmente, valga la redundancia, no la que se impone por la fuerza- y siempre supe que es infinitamente sabia, al punto que la razón humana no puede ni llegarle a los talones ya que ni siquiera sabe hasta dónde llega el universo- y siempre supe que está dedicada al crecimiento de la vida, particularmente del hombre, me produjo desde el principio gran desconfianza esta “pandemia” que implicaría que la naturaleza ha traído un virus que amenaza a la vida humana y que el hombre con su razón -su “ciencia”- debe defenderse.

                       Pero, en fin, pandemia o no, cada uno es libre de creer y expresar lo que le venga en gana, lo que no es aceptable, bajo ningún punto de vista ni siquiera en una supuesta “defensa de la vida” -lo que es un gran contrasentido- son las imposiciones violentas de los Estados, cuarentenas y demás, siempre basadas en el pánico y la consecuente irracionalidad. Cuando la ciencia de la Lógica -a la que adhiero por completo- no es respetada, no cabe otra solución que imponerse violentamente, es decir, cuando algo se impone por la fuerza es, precisamente, porque es falso, porque no resiste razón, y entonces pretende superar a Lógica ya que lo contradice.

                       En EE.UU., por caso, se discute la “regulación de la portación de armas” lo que resulta increíblemente incoherente porque, quienes quieren prohibirlas lo que pretenden es que el Estado por vía de fuerza policial, es decir, ¡¿utilizando las armas, prohíba las armas?! El mundo necesita urgentemente profundizar la ciencia de la Lógica, revalorizar el sentido común y la confianza de las personas en sí mismas y en su propio criterio y discernimiento.

                        Una persona, tratando de mostrar «lo peligrosos que son los viajes en avión», me contó que un amigo suyo se fue a Miami a dar la cuarta dosis y en el vuelo de vuelta “se contagió y a pocos días de llegar se murió por covid”. Increíble cuento -y no fue el único del estilo que escuché- que demuestra hasta qué punto no se razona. No sé si el episodio es verídico, no me consta, pero lo que sí me consta es que el que me lo contaba daba -automáticamente, sin razonar- por asegurado que murió por covid sin siquiera considerar que, después de tantas dosis debería estar inmunizado y que, morir a pocos días de la cuarta al menos ameritaba investigar la causa real de la muerte que quizás podría ser la misma vacuna.

                       Es que, a las personas, en el sistema educativo actual, no se les exige razonar -casi que se les prohíbe- sino memorizar y, sobre todo, aceptar lo que dicen las “autoridades” sin que importe el propio discernimiento de las personas “que no son nadie” comparado con las “autoridades”. Pero resulta que, en este caso, las “autoridades” son las burocráticas e ineficientes OMS, la CDC de los EE.UU. y otros organismos estatales con serias sospechas de corrupción. Más vale, mucho más, el sentido común y el discernimiento de cada persona.

                      Es decir que, sin la menor duda, existen peores “pandemias” que la del coronavirus, esto es, la violencia desde los Estados. Así, las cuarentenas han logrado una destrucción muy, pero muy superior, a lo que habría logrado el Covid 19 en el peor de los supuestos. Cerrados los países durante meses, si multiplicamos por la productividad de cada trabajador (en dólares constantes de 2005, según la OIT: 98.427 en EE.UU., 92.107 en Europa o 11.853 en Sudamérica por año), la cifra que ha perdido la economía global, solo en producción, es sideral. Y esto se “disimuló” inyectando dinero de manera astronómica, y ahora hay que pagar la fiesta.

                     “Hacía tiempo que no veíamos una reducción del nivel de vida como ésta. Los ingresos reales están cayendo como no lo hacían desde la segunda mitad de los años 70, cuando la inflación era muy alta, o desde principios de los 80, cuando la gran crisis del petróleo”, asegura Keith Wade, economista jefe de Schroders. Y esto recién empieza. Muchos analistas -de esos que no tienen vergüenza de ser pro oficialistas y justificar a las “autoridades”- culpan a la guerra en Ucrania, razonamiento muy, pero muy corto, ya que el mundo vivó peores y más estúpidas contiendas -como la guerra del Golfo- y la economía global siguió creciendo.

                        Pero esto, en rigor es lo de menos, el problema más serio es que millones más -varias decenas de millones más, muchos más de los supuestos muertos por coronavirus- morirán de hambre. Pero algo no cierra. La naturaleza es sabia y sobreabundante y, de hecho, permite que se produzca un 40% más de lo que la humanidad necesita para alimentarse, pero se pierden anualmente 1.300 M de toneladas métricas de alimentos, según la FAO.

                        Ahora, ¿por qué no llegan a los desnutridos? Son varias las causas, pero las definitorias son los obstáculos que ponen los Estados. Para empezar, los impuestos que cobran empobrecen ya que son derivados hacia abajo subiendo precios o bajando salarios. Otra de las malas políticas es la interferencia en el sistema de precios -subsidios, precios mínimos y máximos- que provoca, entre otras cosas, que los alimentos se desvíen a otros usos, como los biocombustibles, cuando paliar el hambre es más urgente.

                        Por otro lado, a menudo se necesitan sencillos recursos para que la gente pueda cultivar lo necesario y ser autosuficientes, pero hoy el alimento medio recorre en Europa, por caso, entre 2.500 y 4.000 km. No se cultiva más cerca, entre otras cosas, debido a regulaciones estatales sobre el uso de la tierra. Además, las legislaciones sobre “propiedad intelectual” deberían ser derogadas -para todos los sectores y temas- porque son la mayor fuente moderna de monopolios. La propiedad debe quedar establecida por el mercado -el pueblo- y nunca por los Estados.

                        En algunos países se llega al colmo de que las leyes impiden que el agricultor siembre, intercambie o venda sus semillas porque, por caso, existen normativas dentro de los acuerdos de “libre comercio”, sobre derechos de “propiedad intelectual” y comercio. Y obligan, al agricultor que quiere cultivar esas variedades, a pagar royalties como ocurre en países africanos.

                          Para remate, un tercio de la producción mundial de alimentos se desperdicia y gran parte termina en la basura. Ahora, los políticos nos han hecho creer que la recolección y tratamiento de los descartes es un “servicio público” que ellos, el Estado, debe proveer. Y llegan al colmo de cobrarnos cuando deberían pagarnos porque hasta la peor basura tiene valor como fertilizante. Si el servicio de recolección estuviera en manos del mercado, en manos privadas eficientes, se nos pagaría por nuestros descartes y, muy probablemente, se distribuiría la comida desechada a precios mucho más bajos entre los más necesitados.

                           Los Estados son así los responsables de la desnutrición, de modo que es una gran ironía -es sólo demagogia- que los Gobiernos diseñen “planes contra el hambre” cuando bastaría con que dejaran de crearla para que desapareciera rápidamente.

                            Por caso, en Argentina, la producción de alimentos podría ser mucho mayor si no fuera por el gobierno que impone todo tipo de dificultades. Por ejemplo, el cierre de importaciones. Cuentan desde Confederaciones Rurales Argentina (CRA) que, para “cuidar las reservas”, el BCRA modificó el sistema de financiación de importaciones, y hasta el 30 de septiembre -o más, veremos- las empresas importadoras deberán buscar financiamiento para poder importar bienes cuando superen hasta un 105% del total importado durante el año anterior, medido en dólares.

                             Ahora, el tema es decisivo para la producción de alimentos. Según Fertilizar, en 2021, el consumo total de fertilizantes en Argentina fue de 5.6 M de toneladas. El porcentaje importado alcanzó en los últimos cuatro años un promedio de 65% del total aplicado en el país. Los fertilizantes nitrogenados y los fosfatados son los de mayor utilización, llegando al 92% del total.

                             Entre los 15 primeros productos importados en 2021 (INDEC), se destacan la urea con contenido de nitrógeno y el fosfato monoamónico por un total de USD 1.316 M. Este valor se aproxima bastante al total de las importaciones del sector agropecuario y agroindustrial, al que se debe sumar alguna maquinaria agrícola, piezas y accesorios, y otros artículos menores. Frente a esta cifra, las exportaciones agroindustriales totales fueron en 2021 de USD 52.382 M, las de granos USD 17.544 M y las de aceites, pellets y harinas, USD 22.293 M.

                     El menor acceso a fertilizantes frente a las próximas decisiones de siembra para la campaña gruesa 2022/23, y el encarecimiento del precio interno, a partir de cierto desabastecimiento, augura una menor siembra de maíz, redundando nuevamente en un esquema de rotación ineficiente, derivado de los efectos de las decisiones de política económica, que no permiten la mejor asignación de la producción agropecuaria, y afectarán el transporte, el empleo y la generación de divisas negativamente.

                       Es insólito, otra vez la incoherencia, la falta de racionalidad, que de manera compulsiva intenta paliar la falta de dólares que, precisamente, es consecuencia de las imposiciones coactivas del Estado.

                     En un mercado libre las importaciones y exportaciones necesariamente se nivelan ya que no se puede importar sino se consiguieron antes los dólares para pagar. El Estado, al retirar coactivamente los dólares a los exportadores y entregarlos a “precio oficial” subsidiado a los importadores, provoca un desequilibrio consiguiendo una sangría de dólares que se paga, en parte, con ayuda del FMI, otro organismo (multi) estatal y, por tanto, producto de la coacción con la que los Estados miembros retiran -por vía impositiva- recursos del mercado, la gente, particularmente los pobres ya que los empresarios pagan los impuestos subiendo precios o bajando salarios.

                  En el siguiente cuadro puede verse como las importaciones y exportaciones están desequilibradas, en rojo o  verde, pero desequilibradas al fin y, contra lo que muchos creen el verde no es bueno porque, dicho rápidamente, son “dólares bajo el colchón”, es decir, recursos que no son utilizados en la producción ni en el consumo sano.

                 Según Invecq, la cuenta que está generando un balance muy negativo es la de servicios cuyos ingresos suman a mayo USD 3.111 M, mientras que los egresos superan los USD 7.000 M, generando un saldo negativo de casi USD 4.000 M, cuando el año pasado no superaba los 1.000 M en el acumulado a mayo.

                  El 92% del déficit se explica, primero, por los costos de los fletes para comerciar internacionalmente, y segundo el déficit turístico que supera los USD 2.000 M dado el aprovechamiento de un dólar más barato con relación al dólar libre, utilizados por quienes viajan al exterior y adquieren productos allí.

                       Por cierto, el destacado economista Roberto Cachanosky twitteó que “En junio el BCRA emitió $ 377.000 millones para financiar el rojo fiscal y otros $ 650.000 millones para sostener el precio de los bonos. Le dio una asistencia al tesoro de $ 1 billón…”. Con esta emisión no extraña la suba del blue y que “Por ahora el billete de mayor denominación que tenemos que es de $ 1.000 equivale a US$ 3,85. En cualquier momento le quitan 3 ceros al peso y volvemos al 1 a 1”. Ironizó Cachanosky.

                      En fin, para graficar la decadencia argentina, podemos medir las acciones locales en oro. Así, por caso, el máximo de la acción BBAR (BBVA Banco Francés SA) fue en enero 2001 y -el mínimo, en octubre de 2020 con el valor de 1.28- hoy cotiza en relación al oro a 1.35 y con tendencia a la baja. 

                      Ahora, la gran ironía de todo esto es que los argentinos pobres terminan financiando a empresas como Boeing.

                      La constructora de aviones, a raíz de la “pandemia” -las cuarentenas, dicho con el rigor que corresponde- fue a Washington a pedir un rescate de para sí y sus proveedores. Finalmente, Boeing, recaudó USD 25.000 M de inversores privados y retiró su solicitud de rescate. Muchas compañías han hecho lo mismo, dijo el presidente de la Fed, y no retiraron la solicitud.

                     Ahora, cómo es que la Fed se da el lujo de regalar dinero a dos manos y la inflación no se desmadra. Para entenderlo, hay que llamar inflación a la inflación -valga la redundancia- y no al aumento del IPC que, aunque está muy relacionado, es independiente. La inflación es el exceso de emisión en tiempo real respecto de la demanda, entonces, la moneda se desvaloriza.

                     Pero el dólar tiene una gran demanda global y eso absorbe inflación. Y entre los demandantes están los argentinos cada vez más empujados por el Gobierno ya sea porque regala verdes subsidiados o porque desvaloriza el peso y la gente huye al dólar. Como sea, estos compradores de dólares absorben la inflación de EE.UU. y así financian los regalos de la Fed. Particularmente afectados son los más pobres que ven sus pesos decaer por la fuga hacia el verde.

*Asesor Senior en The Cedar Portfolio  y miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California

@alextagliavini

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