Por Alejandro A. Tagliavini*

                     El gobierno lanza fuegos artificiales para festejar la “recuperación”, lo que era esperable desde que todos los políticos -que siempre se caracterizan por todo menos la humildad- viven alabándose y mostrando sus “logros” para que los votantes los aplaudan. Lo cierto es que el oficialismo ya habla de un rebote económico de hasta el 10% para este año, o sea que se recuperaría casi toda la actividad perdida. Pero, aun si esto se confirma, durante 2021 la economía sería todavía 1% menos que en 2019.

                    Lo que no dice -para que los votantes no se avispen- es que la actividad se perdió por la fuerte represión a los mercados -cuarentenas y demás- con excusa de “la pandemia” a la que, por cierto, muchos periodistas culpan del bajón económico cuando obviamente se debió a la represión estatal, dando por sentado que semejante represión “era una consecuencia directa, refleja, inevitable” lo que es absolutamente falso -además de incoherente y falto de sentido común- y la prueba es que hoy “el problema creado por el covid” no está solucionado -según el criterio de sus propios promotores- y, sin embargo, la represión ha aflojado.  

                     O sea, queda claro que el bajón se debió a la represión al mercado, esto es, la represión a las personas -los 45 millones que componen al mercado argentino, en este caso- impidiéndoles desarrollarse y crecer. Pero no solo hay represión por la “pandemia” -que ahora sigue con el “pase sanitario”- sino que existe todo tipo de coacciones estatales que impiden el libre movimiento -desarrollo, crecimiento- de las personas. Y esta represión no solo que no parece aflojar, sino que, incluso, podría aumentar con lo que difícilmente se produzca un crecimiento real de la economía.

                     En el siguiente gráfico de Invecq, puede verse claramente cómo la actividad industrial, si bien en el acumulado de los primeros diez meses del año está en un 17% por encima de los niveles del año pasado, entre diciembre del 2020 y octubre del 2021 no solo que no avanza, sino que evidencia una alta volatilidad demostrando que no existe crecimiento genuino sino reacciones reflejas a distintas situaciones temporales dentro de un mercado completamente distorsionado por interferencias estatales:

 

                  Por cierto, en este comportamiento, no es poca la influencia del control de cambios que incentiva la importación -ergo, la sustitución de productos nacionales- dado un dólar artificialmente barato y desalienta, por el mismo motivo, la exportación. Es decir, se desalienta la producción local lo que provoca una caída en la productividad, o sea, en el poder adquisitivo de los argentinos ya sea que se consagre por vía de inflación o de aumento del IPC -impulsado, entre otros factores, por el dólar oficial del que cada vez más dependen los insumos- en relación a los salarios.

                Como señalan desde Invecq -y puede observarse en el gráfico siguiente- obviamente la dinámica del mercado laboral presenta un fenómeno similar. El empleo registrado privado aún no ha logrado retornar al nivel de marzo 2020. En tanto que, la evolución de los ingresos reales muestra un estancamiento durante los últimos meses:

                   Quizás la circunstancia más lamentable de esta situación es el hecho de que se desperdician los precios internacionales de los commodities, que han tenido un gran salto lo que se tradujo en un aumento de más de USD 10.000 M en las exportaciones, y las condiciones financieras internacionales que han sido inmejorables con bajísimas tasas de interés. Pero todo esto va camino de terminarse, los precios se estancan sino retroceden y las tasas prometen aumentar, aunque poco le importa al gobierno argentino que de hecho tiene el mercado financiero internacional prácticamente cerrado.

                   Con lo que el crecimiento del 4% presupuestado por el gobierno para 2022 luce completamente exagerado, dibujado. Como también está dibujado el aumento del IPC -que el oficialismo llama “inflación”- del 33% mientras prevé un dólar -oficial- a $ 131,1. Todo esto, por cierto, suponiendo que se llega a un acuerdo con el FMI de modo de no tener que desembolsar, en 2022, USD 19.000 M a ese organismo el año próximo.

                  Por cierto, como bien señala Claudio Zuchovicki, la deuda pública argentina total (post canje) es de USD 340.000 M, en tanto que al FMI se le deben 43.000 M, o sea el 12%. Con lo que el problema de fondo no es la deuda al FMI sino un Estado completamente quebrado que, como tiene el monopolio de la violencia con el que exprime a sus ciudadanos hasta el final, no atina a hacer lo que hace cualquier quebrado: vender propiedades y recortar sus gastos. “Vivir en Uruguay vale 4 veces más que vivir aquí. ¿Creen que se van por plata o por seguridad física y jurídica?”, remata Zuchovicki.

                   El Presupuesto 2022, además proyecta un incremento real del gasto social -con el fin de contener un estallido social dado su ineficiente esquema económico que no atina a hacer crecer realmente al país- y una reducción de los subsidios energéticos. Pero lo más brutal, como señala Roberto Cachanosky es que el único ajuste salvaje pasa por el principal gasto social a través de la inflación. Desde el inicio de la presidencia de Fernández los recursos destinados a jubilaciones y pensiones se incrementaron por debajo de la inflación en 2 de cada 3 meses. Aun así, todavía hay quienes no quieren aceptar el hecho, históricamente comprobable, de que el sistema jubilatorio está en manos de la paradigmática ineficiencia estatal con el solo fin de ser utilizado para financiar los gastos de los políticos.

                Las proyecciones oficiales para el 2022 -excesivamente optimistas- se complementan con alzas en el consumo privado del 4,6%, del consumo público del 3,1%, de la inversión del 6,6%, con una mejora de las exportaciones del 7,5% y de las importaciones del 9,4% para un saldo comercial de USD 9300 M. Para los salarios formales, se estima que el ingreso real continuará recuperándose -habiendo alcanzado a septiembre de 2021 una mejora del 2,2% del RIPTE- hasta el 4% interanual para 2022. Se estima un déficit primario del 3,3% y un resultado financiero del 4,9% del PBI. 

                Por cierto, con el beneplácito del estatista FMI, se prevé un aumento de la recaudación tributaria en términos reales por sobre una “inflación” -aumento del IPC- del 33%, en buena medida asociada a una recuperación de la actividad económica que impacta en ítems como ganancias, IVA o los tributos de la seguridad social.

                El rojo del 4,9% se financiará con una combinación del crédito y financiamiento del BCRA que para 2021 fue de 3,6% del producto según el gobierno, aunque algunos analistas estiman un poco más; pero que para el próximo año se reducirá al 1,8%, es decir una reducción a la mitad, en tanto que los títulos públicos aportarán un 2% del producto.

                 Según Juan Pablo Álvarez, la asistencia del BCRA al Tesoro llega a los $ 1,563 B en lo que va de 2021. De los cuales $ 1,233 B fueron transferidos durante el segundo semestre mostrando una aceleración que de momento se condice con el aumento de la demanda monetaria que caracteriza al final del año. Por cierto, buena parte del financiamiento de mercado que obtiene el Tesoro también es monetariamente expansivo dado que ahora el BCRA permite a los bancos contabilizar como encajes la suscripción primaria de bonos en pesos.

                   Así las cosas, “los distintos dólares” se mantienen calmos sino a la baja. Siempre a finales de año se produce una fuerte demanda de pesos para pagar impuestos, aguinaldos y vacaciones y esto ha impulsado la caída del dólar CCL a $ 205 reduciendo la brecha con el oficial a 104%, mientras que el MEP baja a $ 195, achicando la brecha al 94%. En tanto que el dólar blue que -al ser el más libre- es el mejor indicador de la verdadera inflación ya que ésta es la depreciación real -libre- del peso por exceso de emisión, en lo que va de 2021 aumenta solo un 19% que se explica por la relativamente controlada emisión monetaria real -irónicamente, descontada la inflación- y la caída de la demanda monetaria, es decir, el exceso entre oferta y demanda.    

*Asesor Senior en The Cedar Portfolio  y miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California

@alextagliavini

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