Por Alejandro A. Tagliavini*

                     La revista francesa Charlie Hebdo -que hoy tiene su redacción en un lugar secreto- publicó otra vez, el miércoles 2 de septiembre, las caricaturas que fueron la excusa de los yihadistas para el atentado en 2015.

                        Dos de sus periodistas las reprodujeron en Instagram y luego, el domingo, sus cuentas fueron desactivadas.

               La dibujante Coco y el periodista Laure Daussy se quejaron. “Probablemente es un hackeo o una campaña de denuncias masivas, una nueva forma de censura. Alucinante”, escribió Daussy. Instagram les avisaba: “Su cuenta ha sido desactivada. Siga los siguientes pasos en un plazo de 30 días para solicitar una revisión”

               Muchos se quejaron. Mathieu Delomier, concejal en la comuna de Cars (Gironda), comentó: “¡Es increíble que en 2020 se desactive una cuenta por la portada de #CharlieHebdo!”. La ministra de Cultura apuntó: “El derecho a la blasfemia no puede ser reducido. Es un derecho en la república secular de Francia, debemos luchar para que sea respetado”.

               El viernes, antes del suceso, el presidente Macron se había pronunciado en apoyo de Charlie Hebdo. La libertad en Francia incluye “la libertad de creer o no creer. Y esto es inseparable de la libertad de expresión hasta el derecho a la blasfemia”, dijo.

               Horas después, Instagram restauró las cuentas argumentando que se suprimieron por error, y pidieron disculpas. Daussy celebró su regreso y volvió a publicar la imagen. “Mi cuenta había sido desactivada por los robots de Instagram, tras una campaña masiva de los que querían censurar la portada”, escribió. “Todavía existe el problema de estas campañas, tan pronto como un contenido es considerado ’ofensivo’, lo que puede conducir a este tipo de censura absurda y automática”, prosiguió.

               A ver, la propiedad privada implica que cada uno hace con ella lo que quiere. Por tanto, cada medio tiene derecho a publicar, o no, lo que le venga en gana porque de no ser así, si cada uno se viera forzado a publicar lo que otros quieren qué sentido tiene ese medio. ¿Qué sentido tiene, por caso, una revista dedicada a los animales si es forzada a publicar notas sobre vegetales porque alguien que envió esa nota se siente “censurado”?

                La libertad de prensa existe cuando nadie, ni el gobierno, impide coactivamente la publicación de algo. Nos guste o no, una sociedad madura debe aborrecer aquello que es negativo para la vida, pero, al mismo tiempo debe respetar incluso a los que creemos que difunden cosas negativas. Poner al Estado o a un tribunal a juzgar qué es dañino y qué no, es peligroso porque los políticos usaran ese argumento para intentar censurar lo que les disgusta.

                Pero, en tanto, no exista un impedimento coactivo quienes tienen una idea distinta pueden expresarse en otro medio o fundar el propio. Claro que esto parece ideal porque los Estados suelen regular los medios. Por caso, donde para montar un canal de TV hay que pedir autorización al gobierno que impone un cupo máximo de transmisores, y luego un grupo compra todas las licencias y se transforma en el único emisor de TV.

               Y como señalaba en una columna anterior las leyes de copyright que otorgan cuasi monopolios a empresas grandes cómo Instagran hacen que sea difícil de contrarrestarlas con una opinión diferente. Pero esto ese es otro tema, no es censura estrictamente sino privilegios monopólicos establecidos por los gobiernos.

*Asesor Senior en The Cedar Portfolio  y miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California

@alextagliavini

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