Por Alejandro A. Tagliavini*

 

Más allá de lo ridícula que resulta la propuesta de esta niña -que parece a un best seller televisivo- ya que, entre otras cosas, no veo cómo podrían reemplazarse todos los vuelos transoceánicos por viajes en barco, es muy grave el nivel de violencia y conflictividad que propone.

Cuenta una columna del ABC de Madrid que, tras más de 20 días de viaje en el catamarán «La Vagabonde», a la niña le quedaba el trayecto de Lisboa a Madrid para llegar a la Cumbre del Clima, la COP25. Las opciones eran el tren o el coche eléctrico y la Junta de Extremadura ofreció la segunda, pero la joven prefería el tren.

En cualquier caso, la Plataforma Salvemos la Montaña de Cáceres, que se opone a la construcción de una mina de litio, pidió que rechazara el coche porque lleva la contaminante batería de litio. Greta viajaría en el eléctrico Tren Hotel Lusitania, pero resulta que en un tramo de 100 kilómetros utiliza una locomotora diésel.

Así, lo mejor que podría hacer esta niña es quedarse en su casa y dedicarse a su familia, trabajar y estudiar en lugar de proponer a los jóvenes que dejen las escuelas, los trabajos y sus familias para “manifestarse” por las calles pidiendo más violencia.

Veamos, son tres las versiones sobre el “cambio climático”. Que no existe. La más creíble, que existe, pero, como señala Susan Allan Block -que ha estudiado permacultura y pertenece a una antigua familia de agricultores- no es nuevo, sino que la tierra se ha calentado siempre -se derritieron los glaciares, desaparecieron los dinosaurios- y parece muy soberbio pretender que el ser humano sea capaz de poner en jaque a la inmensa y sabia naturaleza.

Y finalmente la afirmación “científica” oficialista -de la ONU- que asume Greta y que asegura que el cambio climático es grave y ocasionado por el ser humano. Como toda actitud soberbia, que insiste en que es “científica” precisamente porque no lo es, no acepta otras versiones y ni siquiera “el beneficio de la duda”. Lo que dicen es la “única verdad” y, por tanto, debe imponerse violentamente, utilizando las fuerzas armadas de los Estados.

Es decir, proponen crear conflictos y avasallar violentamente a quienes se opongan a sus propuestas. La inmoralidad es innegable. Adam Ferguson escribió en Institutes of Moral Philosophy que “La ley fundamental de la moralidad… es prohibitiva y proscribe el mal comportamiento”. O sea, aun cuando los oficialistas tuvieran la “única verdad” no es aceptable la imposición violenta, no es aceptable la violencia.

“Nunca es lícito, ni siquiera por razones gravísimas, hacer el mal, para que venga el bien… aunque se haga con la intención de salvaguardar… bienes individuales, familiares o sociales”, asegura Pablo VI en Humanae vitae. Y Juan Pablo II, en Veritatis Splendor, denuncia la teoría del mal menor: “Para algunos, el comportamiento… sería recto o equivocado según pueda o no producir un estado de cosas mejor… seria recto el comportamiento capaz de ‘maximalizar’ los bienes y ‘minimizar’ los males…” afirmando que el mal es mal y jamás puede justificarse al punto de que esto “halla una confirmación particularmente elocuente en el hecho del martirio cristiano, que siempre ha acompañado… la vida de la Iglesia”.

Para remate, irónicamente, las fuerzas armadas con las que impondrían “acciones contra el cambio climático”, como asegura el especialista Jorge Amador, son las corporaciones más contaminantes del planeta.

 

*Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California

@alextagliavini

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