Por Alejandro A. Tagliavini*

 

Como recuerda Alberto Benegas Lynch (h), el FMI fue inspirado por White y Keynes y, según economistas de la talla de P. Bauer, D. Bandow, R. Barro, K. Brunner, R. Vauvel y R. Mickesell, se dedica a financiar fracasadas políticas estatistas. Es contradictorio pensar que un banco estatal pueda ser promercado ya que vive de fondos extraídos, impositivamente, contra la voluntad del mercado.

Ineptos gobiernos argentinos lograron acuerdos con este organismo más de 30 veces, financiándose para continuar y llegar adonde estamos. Recordemos el momento más sintomático. En junio de 2004 Rodrigo Rato -hoy preso por corrupción- asume la dirección del FMI “con el mejor cuadro de analistas económicos del mundo” que “trabaja de manera transparente”. ¿Sí? Contrariamente a sus proyecciones -crecimiento del 4,5%- el PBI de Brasil cayó en 2003 y no levantaba, entonces, el FMI aseguró que “(Brasil) está haciendo progresos importantes”. Cualquier parecido con Argentina es casual.

Estos burócratas financiaron a los ineficientes gobiernos argentinos hasta que cayeron en default: unos US$ 88.000 M. Necesariamente la política del FMI es pedir mayor presión tributaria, y mayor control estatal, porque es el único modo de reintegrar sus préstamos dado que el PBI caerá. Así, presionó a Kirchner para subir la carga fiscal en tanto que la deuda con los privados no le interesó: “son entre el gobierno y los acreedores…”, se lavó las manos Rato.

Luego, aunque por motivos discutibles, se tuvo la sana idea de romper con el FMI…  hasta hace un año. ¿Cómo nos ha ido?

Tras la “corrida cambiaria” en abril de 2018, con los mercados de capitales internacionales privados cerrándose -por la inviabilidad del “modelo macrista”, de agrandamiento del peso del Estado- el Gobierno recurrió al FMI.

El 8 de mayo se iniciaron conversaciones consiguiéndose hasta hoy un total de unos US$ 57.000 M. Desde entonces, el dólar subió 103%, aumentó la inflación, el BCRA subió la tasa del 40% de la Lebac hasta el 72% de la Leliq, el riesgo país pasó de 480 a 899, los bonos del gobierno pasaron a rendir desde un 4% a 16%, el Merval en dólares cayó 45% y los ADR hasta 80%, mientras el SP&500 crecía casi 8%.

Un cliché del gobierno para justificarse es culpar a la “incertidumbre política”, sin embargo, a pesar de los temblores globales -todas las bolsas caían- el ataque a un diputado radical y la presentación del libro de CFK en la Rural, el mercado cambiario tuvo el viernes el récord de operaciones de 2019, US$ 1.013 M, dada un alza en las ventas de exportadores -no sojeros, ya que están reteniendo por la brusca baja de la soja a menos de US$ 300/tn-, bancos y algunas empresas, el dólar minorista bajó -cerró la semana 1% arriba- y la bolsa subió en estas últimas ruedas casi 18% en pesos y tuvo la mayor subida en dólares en lo que va de 2019.

Como con Brasil, el FMI asegura que vamos bien, y los hechos desmienten.

En marzo la industria cayó 13,4% ia., la construcción 12,3% y 9 de cada 10 empresarios cree que la actividad no mejorará. Todos perdieron en 2018, la pobreza crece y 17% cayó el poder de compra salarial según el IET, hasta las empresas grandes, en particular las alimenticias, sufrieron caídas de hasta 46% en sus facturaciones, según la Undav, y entre las 29 mayores empresas que cotizan en bolsa 48% vieron caer sus ingresos.

Entretanto, el viernes Uber debutó en Wall Street emitiendo 180 M de acciones con los que recaudaría US$ 8.100 M a US$ 45. Pero terminó bajando 7,62% hasta los US$ 41,57 por título -estableciendo un valor de mercado debajo de US$ 75.000 M- en un mal día para la bolsa que tuvo su peor semana de 2019. Su principal rival, Lyft, cayó 7,47%, contrastando con Beyond Meat -la firma de carne artificial- cuyas acciones ya triplicaron su valor.

Uber tuvo en los dos últimos años pérdidas operativas por US$ 4.000 M y 3.000 M respectivamente. Para remate “continuaremos incurriendo pérdidas a corto plazo”, reza su prospecto.

Pero presenta un futuro atractivo. Posee Uber Freight -logística-, Uber Eats -entrega a domicilio-, alquiler de bicicletas y scooters, desarrolla taxis aéreos y tecnología de automóviles sin conductor, entre otras cosas, y solo el 2% ha usado su aplicación por lo que tendría un enorme potencial. Y gastó US$ 14.300 M en 2018, en subsidios para atraer a conductores y usuarios. Desde Morningstar, estiman que la compañía será rentable en 2024.

Quizás lo peor de Uber es que los conductores son contratistas, no empleados, y eso le exime de pagar sueldo mínimo y cobertura médica, pero si esto termina regulado por los gobiernos el coste será alto.

Corolario: una empresa no tiene que estar ganando para conseguir inversores ya que, a pesar de todo, no es poco el dinero que consiguió Uber del mercado voluntario. Si se presenta un plan creíble de crecimiento, entonces, aunque personalmente no lo recomendaría, los especuladores -en el buen sentido- invierten. El problema del Estado argentino no es que no está siendo exitoso, sino que su “modelo” -mayores impuestos, tasas e inflación- es un fracaso anunciado.

 

*Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California

 

@alextagliavini

 

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