Por Alejandro A. Tagliavini*

 

Estas idas y vueltas de Trump, fiel a su estilo de showman, me hacen pensar que, al fin de cuentas, la clave la tiene Lucifer. Dice San Lucas, que el diablo quiso tentar a Jesucristo y, entonces, le mostró los reinos del mundo mientras le decía: “te daré la autoridad y grandeza de todos ellos. Me las han dado a mí, y se las puedo dar a quien yo quiera… Si… me adoras”. A lo que Jesús respondió “Adora al Señor tu Dios y sírvele solamente a él”.

Desde que Trump amenazó con reconocer a Jerusalén como capital de Israel y ordenar el traslado de la embajada, el revuelo fue fenomenal. Aun cuando el presidente aclaró que reconocerá “que las fronteras específicas de la soberanía israelí en Jerusalén estarán sujetas a negociaciones de estatus final” con los palestinos, y que seguirá apoyando el “statu quo en el Monte del Templo” o Explanada de las Mezquitas, en la parte palestina de la ciudad.

En rigor, una ley de 1995 insta a Washington a trasladar su representación a Jerusalén, pero nunca se concretó porque los presidentes desde Bill Clinton lo han postergado. Ahora se convertiría en el único país que reconoce como capital de Israel a esta ciudad. Sucede que, tras la anexión israelí de la parte oriental de la urbe -donde los palestinos quieren instalar su gobierno- la ONU llamó a la comunidad internacional a retirar sus legaciones de la Ciudad Santa.

El 15 de mayo de 1948 estalló la primera guerra árabe-israelí y las batallas más violentas, que se sucedieron hasta julio de 1949, se desarrollaron en los alrededores y el interior de la ciudad terminando con la división de Jerusalén, el Oeste en manos de Israel y el Este en poder de Jordania hasta 1967 cuando, tras la Guerra de los Seis Días, el control pasó a manos de Israel.

En cualquier caso, el traslado demandaría no menos de tres años ya que hay alrededor de 1.000 personas en la embajada y llevará tiempo encontrar un lugar y construir una nueva sede. Con lo que, al menos hasta las próximas elecciones presidenciales, no se concretará físicamente… y luego veremos. Aunque el embajador podría ser enviado y utilizar una parcela que EE.UU. arrienda allí desde 1989 o convertir el consulado que tiene en esta ciudad en embajada.

Jerusalén, una de las ciudades más antiguas del mundo, considerada “santa” por cristianos, judíos y musulmanes, es el principal foco de conflicto entre Israel y los árabes. De modo que, los países musulmanes, y grupos terroristas como Hamas y la Yihad Islámica, respaldados por Irán, han amenazado con represalias.

El Papa expresó su preocupación y pidió que se respete el estatus actual. “Mi pensamiento va a Jerusalén”, expresó y agregó que “es una ciudad única, sagrada para los hebreos, cristianos y musulmanes… y tiene una vocación especial para la paz”… hasta que llegaron los políticos.

Llama la atención que esa embajada tenga 1000 empleados, son muchos sueldos que pagan los contribuyentes, y qué poco sentido tiene sobre todo hoy cuando, vía internet, es posible hasta tener reuniones virtuales. ¿Qué sentido tienen entonces las embajadas? Pues irritar a todos.

Luego, esto de los Estados -los reinos que menciona el diablo- las fronteras, claramente son fuente de permanente conflicto, no diré que pueden eliminarse, pero pareciera que Lucifer por una vez ha dicho la verdad: “la autoridad y grandeza de todos los reinos me ha sido dada a mi y las puedo dar a quién quiera”.

 

*Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California

 

@alextagliavini