Por Alejandro A. Tagliavini*

 

Si algo hace bien el gobierno es confundir a la opinión pública, aprovechando la abrumadora capacidad oficial de propaganda, para salirse con la suya. Como crear la Secretaría de Simplificación Productiva para “desburocratizar”, ¿crear burocracia para disminuirla? No sé cómo terminará (ya que dicen cuánto, supuestamente, se ahorrará, y no dicen cuánto costará implementarlo) pero claramente no resiste análisis lógico.

Si hasta ahora el gobierno fue “gradualista” -conservador en rigor- para no asustar al votante y no perder las recientes elecciones, por qué perdería el poder ahora que lo tiene todo. Así, la reforma tributaria está destinada a aplacar las críticas -hasta del mismo gobierno- por la altísima presión fiscal, al mismo tiempo que conservarla, no bajarla e, incluso, aumentarla. Como dice Miguel Boggiano “la reforma promete ser más una reorganización confusa de los actuales impuestos”.

El plan del gobierno de bajar la presión impositiva en 1,5% del PIB en cinco años, es ya teóricamente muy pobre. Pero, además, de la teoría al hecho…. Porque está basada en supuestos de crecimiento e inflación poco creíbles con lo cual el peso real podría llegar a aumentar. Y esto sin contar con que la “presión fiscal total” no termina en los impuestos, ya que el Estado también quita dinero al mercado por vía inflacionaria y al endeudarse dado que provoca un aumento en las tasas de interés que paga el sector privado.

Hay dos principios -científicamente harto demostrados- que deberían orientar y que el gobierno no quiere reconocer porque no le conviene.

El primero es que la presión fiscal es el principal -el principal, subrayo- factor en la creación de pobreza junto con las leyes laborales y demás regulaciones que provocan desocupación. Sucede que, si bien los impuestos son pagados por todos, a mayor capacidad económica, mayor es la capacidad para derivarlos hacia abajo. Por ejemplo, los empresarios para pagar cargas fiscales suben precios o bajan salarios. De modo, que la presión fiscal impacta de lleno y con más fuerza sobre los más pobres.

Dicen los defensores de los impuestos que estos son recursos que el Estado utiliza para obra pública y asistencialismo, para paliar la pobreza. Pero la obra pública puede ser realizada por el sector privado con mayor eficiencia. Y empobrecer a los pobres para luego devolverles lo poco que queda, tras pasar por una burocracia infernal, es demagógico.

O sea, que los recursos que el Estado retira –“presión fiscal total”- del mercado, en parte se pierde en la burocracia (cuando no en corrupción) y lo que vuelve es mal asignado porque el Estado es, necesariamente, inevitablemente, ineficiente, y este es el segundo principio rector.

Desde que el mercado -las personas- es el que define la eficiencia en tiempo real, dado que esta es la maximización de la utilidad de un recurso, maximización que varía permanentemente a través del tiempo, los segundos, porque las condiciones cambian, y con cada persona visto que cada una tiene capacidades diferentes.

 

Según el FMI, el gasto público es altísimo, 41,7% del PIB -en mi opinión es todavía mayor-  y sólo inferior a 21 de 114 países listados. Entonces, o se baja esto radicalmente o se solventa con la venta de la incalculable cantidad de propiedades estatales, o seguimos con gatopardismo con tal de conservar el poder, empobreciendo a todos y marginando a muchos de los cuales algunos optan por delinquir.

 

 

 

*Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California

 

@alextagliavini

 

www.alejandrotagliavini.com