Por Alejandro A. Tagliavini*

 

Argentina ha sido tan vapuleada por el populismo y el estatismo, durante más de 50 años, que apenas asoma la cabeza un gobierno que intenta desarticular al populismo inmediatamente se lo identifica con una economía de mercado. Pues, definitivamente, no es el caso del gobierno del Pro que, lejos de dejar que los actores privados, las personas, hagan a la economía, tiene un fuerte y claro sesgo neo keynesiano.

La esencia filosófica del neo keynesianismo es que el Estado debe “estimular” al mercado para que crezca. Lo que no dicen es de dónde sale la fuerza de estimulación. Pues sale del mismísimo mercado. Entonces, el gobierno retira recursos del sector privado, los pasa por una burocracia que se queda con buena parte en sueldos y demás gastos -cuando no corrupción- y vuelve al mercado solo lo que queda y lo invierte de manera ineficiente.

Lo que los políticos y burócratas no quieren admitir, porque tienen que justificar su poder, es que solo el mercado es eficiente, para empezar nada menos porque es el mismo el que define qué es eficiencia y qué no. De modo que la típica soberbia -gran deporte argentino- del político, que cree que puede decidir mejor que el mercado, solo desordena.

En este plan keynesiano, entonces, lo que básicamente ha hecho el gobierno es inyectar dinero con una emisión desaforada que ha provocado que la inflación supere, incluso, a la era K. El otro pilar de la “estimulación” ha consistido en inyectar dinero a través del crédito.

Según Bloomberg, entre el 1 de enero de 2016 y el 18 de septiembre de 2017 los emisores emergentes colocaron deuda por unos US$ 596.400 millones, siendo que Argentina ocupa el primer lugar con US$ 42.000 millones, 7% del total. Sigue China, que no llega a US$ 40.000 millones. Insólitamente, el puesto 22 del ranking es ocupado por la provincia de Buenos Aires con US$ 8.660 millones (1,5% del total).

Ahora, el PIB argentino que en 2015 era de unos US$ 580.000 M, se habría contraído -2,2% quedando en 2016 en casi US$ 565.000 M. Y, según el gobierno, crecería alrededor de 3% este año finalizando en casi US$ 600.000 M. Con estas cifras, resulta que en un período (2016-2017) en el que se inyectó -con el fin de inflar a la economía de manera artificial- dinero externo por una cantidad que supera al equivalente a un 5% de su PIB, este crece solo 0,8%.

No importa el destino de esos créditos (refinanciación, inversión pública, gastos corrientes…) y recordemos -como señalan Martín Krause, Nicolás Cachanosky y Adrián Ravier- que el PIB considera sólo la etapa final de consumo, así, para reactivar una economía, habría que hacerlo en el consumo, relegando la inversión y la producción.

Ahora ¿se puede crecer con deuda? Sí claro, una empresa en un mercado libre, que responde a la eficiencia, puede realizar con créditos inversiones que tengan tal resultado que le permita progresar al mismo tiempo que paga la deuda. Pero el Estado es ineficiente y mal asigna esos recursos. El principal motor del “crecimiento” artificialmente inducido por el gobierno parece ser la construcción, la pública -que es doblemente ineficiente, por ser decidida y ejecutada por el Estado- y la privada que está siendo inducida por créditos apalancados desde el gobierno.

El resultado de estos créditos hipotecarios no puede ser más claro. Ha provocado un aumento en el precio de los inmuebles que no puede sostenerse en el tiempo sencillamente porque no responde a las reglas del mercado: la inversión no tiene un retorno competitivo.

Hoy, la ganancia bruta de un alquiler no llega al 5% y si, descontamos impuestos, mantenimiento y otros gastos, queda en un 2,5% anual del valor la propiedad cuando históricamente ese porcentaje rondaba el 12% anual en dólares. Cualquier otra inversión resulta más rentable y, por tanto, tarde o temprano el valor de las propiedades deberá corregirse hacia la baja. Más aun, hoy conviene vender la vivienda única, e invertir el dinero y, con el retorno, alquilar una propiedad más cara y quedarse, todavía, con efectivo.

 

 

 

*Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California

 

@alextagliavini