Por Alejandro A. Tagliavini*

 

Aunque todavía algunos se resisten, lo cierto es que el vocabulario está cambiando y las antiguas ideologías van perdiendo sentido, aunque no las diferencias de actitudes y pensamientos. Ya nadie lee a Marx, ni a Johann Gottlieb Fichte.

“Sus techos elevados y ventanas francesas que dan a la ciudad vieja de La Habana, transmiten la sensación del grandeur y el lujo europeo de los viejos tiempos”, dice la firma Kempinski al promocionar su Gran Hotel Manzana -un enorme edificio de principios del siglo XX- que inaugurará en junio en asociación con el Estado. En la planta baja, ya funcionan bocas de venta firmas como Armani, Versace y Montblanc. Según Giorgio Gucci, Cuba “se ha convertido en el paraíso de la moda”.

Aunque los precios estarán solo al alcance de turistas y, quizás, de la naciente clase empresarial surgida de los negocios privados permitidos por el Estado como restaurantes, hostales o transporte turístico. De modo que, hasta una de las más terribles dictaduras del mundo, la castrista, se ve forzada por la realidad a “afrancesarse”, por no decir, volcarse al “capitalismo”, aunque muy lentamente. En tanto que la “comunista” China parece convertirse -por interés- en líder global del libre mercado contra el proteccionismo del “capitalismo” americano.

Pero hablando de “afrancesarse”, en Francia acaban de hundirse los viejos partidos. Ninguno de los que se enfrentarán en la segunda vuelta de las presidenciales el 7 de mayo, el “liberal” Emmanuel Macron a quién hoy las encuestas le dan el 62% contra el 38% de Marine Le Pen, pertenecen a las formaciones que han gobernado en las últimas décadas. Ya no se oponen izquierda y derecha, sino europeístas y soberanistas, “liberales” y proteccionistas, reformistas y populistas.

Macron, sin haber ganado nunca antes unas elecciones, dice que izquierda y derecha son categorías obsoletas y que hoy se trata de conservadores y progresistas. El slogan de Le Pen, desde la derecha “conservadora” -en tanto intenta encerrar a Francia frente a la globalización para que no “pierda su identidad”- es “Francia sí o no”. El primero, tiene un discurso de renovación generacional y de optimismo que contrasta con la visión pesimista y la Francia en repliegue de su oponente.

Irónicamente, Marine Le Pen casi agradece el tener a la mayoría de los medios de comunicación tradicionales en su contra, ya que están desprestigiados a la par de los políticos. Y, al igual que Donald Trump, se ha volcado a transmitir sus consignas en las redes sociales, siendo la mejor de los políticos en el manejo de estos instrumentos, lo que le permitió a su partido duplicar el número de votos con respecto a la última elección, y posicionarse en la segunda vuelta, además de ser la más popular entre los jóvenes.

Leí que a Macron lo apoya la Conferencia Episcopal francesa. Llama la atención que la Iglesia Católica se pronuncie por un candidato, pero tiene sentido en esta disputa entre conservadores y progresistas. El papa Francisco, en Egipto desde el 28 de abril para participar en una conferencia para la paz y para encontrarse con el gran Imam, ha rechazado un automóvil blindado y se moverá en uno convencional. Aboga por los inmigrantes que Le Pen quiere rechazar. Al agradecer la invitación ha dicho que “Nuestro mundo, desgarrado por la violencia… tiene necesidad de paz… y de personas libres y liberadoras… sin encerrarse en prejuicios”.

 

*Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California

 

@alextagliavini

 

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