Por Alejandro A. Tagliavini*

 

Todos creen que Nicolás Dujovne recibe un país mejor que Prat Gay. A pesar de que 2017 arranca con aumentos en naftas y tarifas, el consenso de los analistas augura que la inflación rondará entre 20 y 25%. Por su parte el BCRA ratificó la meta inflacionaria del 12 al 17% anual en 2017, cuando en 2016 llegará al 40,9% según la Cepal. En cuanto a los consumidores, la expectativa inflacionaria es del 25% según la Universidad Di Tella.

Hablando de inflación, en enero pasado, Prat-Gay se adelantó a la autoridad monetaria -el BCRA- al anunciar metas de inflación del 20% al 25% para 2016, del 12% al 17% para 2017, de 8% a 12% en 2018 y del 5% para 2019 dejando al descubierto una de las razones que provocaron su salida: se excedía en su autoridad. Aunque acertaba cuando insistía en bajar las tasas ya que alientan la “bicicleta financiera” en contra de la producción y son -al contrario de lo que se cree- inflacionarias. Tras cuatro recortes, la tasa de Lebac quedó en 24,75% lo que pareció una victoria de Hacienda.

En cualquier caso, la principal crítica general al ministro saliente es que el déficit fiscal iba camino de superar el 10% en 2017. Por su lado, la principal crítica que había lanzado Dujovne era que no se comunicaban adecuadamente los objetivos ni el método para lograrlos. Crítica floja, en mi opinión, porque no imagino que la economía vaya a mejorar por buenos comunicados sino por hechos reales.

Según el nuevo ministro, el déficit fiscal en 2016 terminará en el 4,8% del PIB, pero habiendo computado 0,8 puntos de ingresos por el blanqueo, sin los cuales habría llegado a 5,6%. Acierta Dujovne cuando dice que la presión impositiva debe bajarse, pero lo dice de manera débil y pareciera que más le preocupa el gasto ya que insiste en que si se lograra mantenerlo congelado en términos reales, por los próximos cinco años, y la economía creciera al 3% anual, entonces el gasto en relación con el PIB bajaría de 45% a 39% en 2021 eliminando el déficit fiscal, pero solo para más adelante contempla una reducción impositiva.

Parece que ve el problema al revés porque lo correcto es bajar la presión impositiva -y el endeudamiento y la inflación- para que el sector privado -el sector productivo- crezca y aporte más a la sociedad. A ver. Dice la metafísica aristotélica, que la causa eficiente o motriz es el estímulo que desencadena el proceso de desarrollo natural, al tiempo que define a la violencia como lo que fuerza el desvío de este desarrollo espontáneo, reprimiendo al estímulo eficiente.

Así el Estado, cuando utiliza su monopolio de la violencia -su policía- para imponerse, provoca ineficiencia. En términos económicos, aumenta la eficiencia cuando las personas son menos reprimidas, ya que pueden maximizar sus recursos naturales, su creatividad y su potencial de trabajo.

Es importante entonces no perder el foco y advertir que, estrictamente, no es el “excesivo gasto estatal” lo que retrasa a un país, sino la represión. De modo que, si este déficit fuera financiado sin reprimir impositivamente a las personas, por ejemplo, con la venta de propiedades estatales, no habría retraso social.

Según destacados empresarios, la carga impositiva en dólares aumentó 50% desde 2001, en tanto que el costo logístico subió 44,1% interanual en 2016. En 2015 los impuestos para las empresas llegaban al 34% del PIB, según la UIA, cuando en los países de la OCDE es del 34,4%. Cuesta creerlo, porque la percepción a simple vista es que la carga tributaria argentina es superior. De hecho, 40% del precio final de los alimentos son impuestos, 50% del precio de la nafta y algo más del 54% del precio de los autos que, así, cuestan casi el doble que en EE.UU.

Pero aun suponiendo que este cálculo sea exacto, hay que sumarle la inflación que se llevará un 40% en 2016 y costos adicionales como, por ejemplo, los sueldos que hay que pagar para lidiar con la enorme burocracia. Así, la industria cae, mientras que la tímida eliminación de las retenciones, aun cuando los costos aumentaron mucho, provocó un surgimiento importante del campo.

Ahora, no solo impositivamente se reprime a la economía sino también con las regulaciones coactivas. Y Dujovne habla de ellas, pero de modo casi indirecto. Por caso, señala que habría que permitir a las productoras de gas hacer contratos privados y, en el comercio internacional, aboga por ir eliminando la protección arancelaria.

En fin, el nuevo ministro pareciera traer una tibia mejora que, aun si la consigue, difícilmente transforme a la Argentina en un país pujante como China -que llegó a crecer al 13,5% anual- partiendo de un nivel muy inferior al nuestro.

 

*Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California

@alextagliavini

www.alejandrotagliavini.com