Por Alejandro A. Tagliavini*

 

El proyecto opositor aprobado en diputados, entre otras diferencias con el oficialista, eleva el monto del mínimo no imponible a $44.000 brutos para casados con dos hijos, y a $33.500 para solteros, unos $37.000 y $28.000, netos respectivamente. Exime del pago de Ganancias del aguinaldo para los salarios más bajos, de las horas extras y de los bonos. Permite deducir el alquiler hasta $66.000 anuales y aumenta el deducible para los créditos hipotecarios. Las deducciones por zona desfavorable suben 45%, las jubilaciones hasta $60.000 no tributarán y los gastos de educación -si falta oferta pública- podrán deducirse.

Según los diputados, esta propuesta tendrá un “costo fiscal” de $65.000 millones contra $54.000 millones de la oficial. Para compensar esta caída, se agregarán impuestos como retenciones a las mineras, al juego online del 7,5% y 10% para las tragamonedas. A los inmuebles improductivos y otro extraordinario a las ganancias por dólar futuro, a los dividendos de la renta financiera, a los plazos fijos mayores a $1.500.000, a los títulos públicos como las Lebac y a otros activos financieros cuando la ganancia supere $300.000. Se grava con un adicional -si los convenios bilaterales lo permiten- a la remisión de utilidades al exterior.

Según el oficialismo, esta propuesta es un “mamarracho” porque, entre otras cosas, duplica el impuesto a la renta financiera, las empresas pagarán más, vuelven a gravar los dividendos y crea el impuesto de emergencia para los inmuebles improductivos que duplica bienes personales, alcanza a los inmuebles del exterior y, respecto de los intereses de los plazos fijos, no queda claro cuál es la ganancia con una tasa del 20% cuando la inflación ronda 40%.

Pero, mamarracho por mamarracho, el ciudadano común ve cómo los políticos discuten si le van a quitar por derecha o por izquierda, pero le van a quitar igual. “No podemos desfinanciar al Estado de golpe” se justificó Prat Gay. Insólito. Claro, en 2001, la población total que vivía del Estado era el 18,4%, según Orlando Ferreres, mientras que, en 2015, llegó al 40,3% y sigue subiendo… son los votantes…

“El productor (agropecuario) reaccionó de otra manera y se puso en marcha”, se quejó un funcionario. Sucede que en octubre la industria cayó 8% y la construcción 19,2%. Según la encuesta del BCRA, la economía caería 2,3% en 2016 (y un repunte del 3% en 2017 inferior a las estimaciones previas), superando al -1,5% que proyectó el Gobierno. Ya empieza a vislumbrarse, contra todos los pronósticos -como he dicho desde que Macri llegó al poder- que la economía no crecerá ni en 2017 ni 2018 ni mientras continúe esta política de exprimir al único que produce, el sector privado.

El oficialismo basa su “optimismo” en que la suma de bonos, aguinaldos y medidas pro consumo derramarán unos $15.000 millones en diciembre, además de la obra pública y el impacto de la cosecha. Pero, fuera de la cosecha, los otros son recursos retirados del mercado y que solo retornaran al mismo luego de pasar por una enorme burocracia, de modo que no significan creación de riqueza, auténtico crecimiento.

Macri arrancó con la eliminación de las retenciones. Y esta tímida -ya que a la soja que representaba el 70% solo le bajó de 35 a 30%- baja de impuestos, aun cuando los costos aumentaron mucho, provocó que las ventas de máquinas agrícolas treparon 148% en el tercer trimestre respecto a 2015. Habrá récord en trigo y una cosecha de granos de 125 millones de toneladas, casi 13 millones más en volumen y US$2.800 millones extras en exportaciones, en tanto que se invirtieron US$58.000 millones en producir.

Tan poca baja en los impuestos significó que “el productor agropecuario reaccionara de otra manera”, qué no ocurriría si la baja impositiva fuera importante.

Como contrapartida, según destacados empresarios, la carga impositiva en dólares aumentó 50% desde 2001, en tanto que el costo logístico subió 44,1% interanual en 2016. En 2015 los impuestos para las empresas llegaban al 34% del PIB, según la UIA, cuando en los países de la OCDE es del 34,4%. Me cuesta creer que este cálculo sea correcto, porque la percepción a simple vista es que la carga tributaria en Argentina es muy superior. De hecho, 40% del precio final de los alimentos son impuestos, 50% del precio de la nafta y algo más 54% del precio de los autos que, así, cuestan casi el doble que EE.UU.

Pero aun suponiendo que este cálculo sea exacto, hay que sumarle la inflación que se llevará un 40% en 2016 y costos adicionales como que, por ejemplo, las empresas deben pagar sueldos para la seguridad.

 

*Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California

 

@alextagliavini

 

www.alejandrotagliavini.com